
“Había una vez una tierra mágica en un recóndito lugar donde todo era posible, todas las posibilidades latían esperando ser realizadas. Un reino, donde había reyes, reinas, príncipes y princesas, personajes extraños de cuentos, almacenes y alquimistas. Flautistas, músicos y diversos artistas. Colores y amores, calor y frío, bosques encantados, grandes árboles y hermosas flores…
Todo, absolutamente todo lo que uno fuera capaz de imaginar”…
Cloe era una joven que había crecido escuchando las historias que su abuela siempre contaba a los niños del lugar bajo un extraño árbol donde ahora vivía con su abuelo.
Era un alto aunque austero e inclinado árbol de manzanas verdes que estaba a punto de caerse, con sus pobres raíces en una maceta demasiado pequeña para él. Podría decirse, que era un verdadero milagro haber crecido esa magnitud en el estrecho espacio de tierra que tenía.
Pero de ese lugar se podía esperar cualquier cosa dada su rareza. Estaba rodeado por una muralla de piedras y una vía con un verdoso tren de aspecto abandonado.
Un lugar donde solo era de noche, lo único que ocurría en el cielo era que las estrellas aparecían y desaparecían, como en el nuestro, solo que cuando se iban solamente quedaba el azul oscuro casi negro, estelar.
Allí no existía el sol ni tampoco la luna. Lo único que tenía color era el árbol, el tren y un caleidoscopio que el abuelo le había regalado a Cloe, como venidos de otro mundo, no perteneciendo a ese lugar.
La abuela que tenía gustos epicúreos le gustaba llamar a ese lugar: “Le pue le blanc and black”. El pueblo blanco y negro en una mezcla de inglés y francés.
Cloe tenía la costumbre de salir todos los anocheceres a la terraza y observar como en el cielo se pintaba la primer estrella, como quedaba sola un rato para que luego alrededor la acompañen miles y miles de ellas, flotando, pendiendo de hilos transparentes en la inmensidad de la nada. Al igual que en el cielo, a esa hora, el campamento donde los niños vivían comenzaba a encenderse también.
Y ella acostumbraba a mirarlo, como custodiando con sus ojos ese juego de luces en la oscuridad.
Pero ese día… ese día fue diferente a todos, cuando su vista vislumbró a lo lejos una tenue luz casi llegando al horizonte. No era fuerte, pero era la primera vez que la veía. Entró a su casa a buscar los largavistas y tras ajustarlos, nítidamente vio algo, pero no exactamente lo que era.
Volvió a entrar, subió las escaleras en forma de caracol que se encontraban en el centro del gran árbol y entró a un lugar bastante fuera de contexto, un estudio mitad blanco y negro, mitad color, que en nuestro mundo diríamos tecnológico, aunque era una mezcla entre antiguo y moderno, con paneles de luz solar, pequeños molinos de viento miniatura, inventos y excentricidades de un anciano que metía su nariz entre materiales y herramientas, diseñando entre el pasado y el futuro.
-¡Abuelo! -interrumpió Cloe
El abuelo sobresaltado se levantó de golpe y acomodó sus anteojos gigantes amarillos de plástico, que le cubrían la mitad de la cara.
-¿Que pasa querida?, me asustaste…
-Abuelo, vi una luz a lo lejos, que no era del campamento… era lejos, bien lejos, fuera de aquí.
-Alguna nueva estrella, seguro, que tu tío ha pintado ahora para ti.
-No no, no era arriba, era allí abajo, además… la vi con los largavistas y era una luz diferente a la de las estrellas. Ven, ven a verla…
Fue casi arrastrado por Cloe hacia la ventana, y definitivamente había algo en el horizonte.
-Bueno, allí está -dijo el abuelo dándose vuelta.
Cloe se volteó hacia él y con ojos inquietos y curiosos miró al abuelo que sabía resignadamente que no iba a poder controlar la curiosidad de su nieta.
-¿Que es?, nunca la había visto
-Nunca la habías mirado, pero siempre estuvo allí…
-Quiero ir -dijo parándolo en seco Cloe -¿Qué es?
-Bueno… otra ciudad… ¿o te creías que estábamos nosotros solos en todo este lugar?
-Quiero ir, quiero ver…
-Ese lugar Cloe… es peligroso
-Ya estoy aburrida aquí, por favor abuelo.
-¿Y desde cuando estás aburrida? ¿Por qué? Si aquí…-Cloe interrumpió al abuelo
-Uf, casi desde que tengo recuerdos, solo que nunca te lo dije… en realidad, desde que la abuela comenzó a contar aquellos cuentos, de tan maravillosos lugares, de tan insólitos personajes… desde ahí… desde ese primer día abuelo… mi imaginación comenzó a volar alto… con ansias de conocer algo más que esto.
El abuelo la miró perplejo. El siempre supo que si su nieta era como él, ese momento algún día llegaría. Eso no lo podía negar, pero todo lo que vendría a continuación si podría detenerlo.
-Me pregunto porqué la abuela les contó aquello…-y luego de un momento resignado le dijo- Está bien, pero necesitarás algunas cosas, no puedes ir así, sin nada. Yo conozco muy bien ese lugar.
El abuelo abrió un armario y sacó un cofre que apoyó sobre la mesa. Tomó de allí un bolsito pequeño, metió la mano dentro, sacó una llave y le dijo:
-Con esta llave abrirás el portón.
Volvió a guardar la llave en el bolsito y se lo entregó a Cloe. Sacó un mapa y unas cuantas fotos que puso sobre el escritorio mostrándoselas.
-Bien, aquí irás.
Le señaló en el mapa y le dio una brújula
-Si te pierdes la usas, ok -dijo apurado pero pensativo- ante todo vas a necesitar otra ropa, esa no te va a servir para nada.
El abuelo sacó una maquina de coser debajo de la cama y comenzó a trasformar alguna ropa vieja de hacia tiempo que habían traído de aquel otro mundo. Mezcló verdes olivas de trajes antiguos, marrones masculinos con soleros de abuelas, puntillas y flores. Agregó botones, bolsillos y su toque de vanguardia.
-Tiene que protegerte de la lluvia, del sol y del viento. Debes cuidar tus manos, te haremos capucha, guantes y un bolso para que guardes todo.
El tren ya no anda, asique tendrás que seguir las vías y andar al costado. Para eso te haré una bicicleta.
El abuelo trabajó toda la noche, Cloe lo miró mucho rato curiosa siguiendo su ritmo, pero luego cayó rendida en un sueño profundo. El abuelo la miraba con ternura y seguía con su laborioso trabajo.
Al rato, cuando muchas horas no habían pasado, tocó el hombro tendido de su nieta.
-Despierta, ya es hora -susurró al oído el abuelo -tengo todo listo -le dijo como un niño - siempre es bueno salir al amanecer…
Cloe abrió los ojos… y vio al abuelo entusiasmado por mostrarle todo lo que le había preparado.
-¡Abuelo! ¡Pero cuántas cosas!
-Y si, las vas a necesitar. Y te voy a dar algo -suspiró profundo mirando hacia abajo - algo que… quisiera que… quisiera pedirte un favor… -le dijo dubitativo.
-Solo mira, haz foco y… ¡pum! ¡Dispara! -dijo con pasión. Cloe dio un salto de susto.
El abuelo le entregó una antigua cámara de fotos.
-Tráemela de vuelta así como está, sin tocar nada. Quisiera saber como quedó todo allí…
-Miro, enfoco y disparo, ¿con este botón?
-Si, pero debes estar atenta, mirar, observar, es todo un arte. Allí suceden muchas cosas las cuales algunas se escurren a la vista, son silenciosas y pasan por detrás de tus espaldas. Son solo un instante, pero si estás realmente observando puedes captarlas y guardarlas aquí dentro.
-¿En esta cajita negra? ¿Guardar un instante? No entiendo… y ¿Por qué allí pasa todo tan rápido? ¿A dónde van tan apurados?
-Allí, mi querida Cloe, la luz se proyecta sobre un lente geométrico capaz de actuar como un prisma que dobla, refina y amplifica la luz en formas maravillosas. Entre coordenada y coordenada de luz donde queda espacio, donde nace la sombra… ahí está la creación. Por eso es tan efímero.
-No entiendo, dijo Cloe pensativa.
El abuelo revoleó los ojos sabiendo que su nieta nunca haría el esfuerzo para entender sus términos científicos.
-Las luces juegan con las sombras creando bellas formas, si todo ha quedado como lo dejamos. Es una danza que se esfuma rápidamente, por eso debes estar atenta. Es solo un chasquido que… ¡pum! No te diste cuenta y desapareció.
-¿Cómo sabes tú todo eso? Has pasado la mayor parte de tu vida aquí.
-Mi abuelo me enseño todo acerca del arte de la vida y el arte de la guerra, decía que eran hermanas mellizas, eran dos damas muy parecidas que vivían en la tierra.
Para la vida, necesitas la misma atención exquisita que en batalla, tener la misma fuerza, sentir el mismo poder pero en vez de estar lleno de miedo, estás lleno de valor, en vez de querer destruir, quieres construir, en vez de querer quitar, quieres compartir. Es la misma rueda que gira en el sentido contrario.
Me dijo que ambas eran como un juego. La guerra de adultos, la vida de niños, porque solo ellos sabían del verdadero arte de vivir, decía que luego uno crece y juega como niño asustado, y por el contrario los niños siempre juegan como adultos valientes.
Pero que las dos eran iguales y era muy fácil confundirse a las hermanas… por eso hizo todo lo posible para conservar a los niños.
El sabía que llegaría el día en que la moneda dejaría de caer al azar, que iban a detenerla en el aire y que se elegiría la cara de la dama que se quería mirar.
-¿Y que lado elegirían? Preguntó Cloe
-Pues dímelo tú… dijo el hombre serio
Cloe sabía que esa pregunta era importante y quedó en silencio un rato.
-El de los niños, dijo con seguridad, eligiendo como elije un niño, pensando como piensa un niño, inteligentemente sobre que quiere hacer o ser, le aburre los juegos de azar y nunca se deja llevar.
-Ve a cambiarte y a guardar todo, te espero afuera –le dijo el abuelo cambiando de tema.
Cloe bajó las escaleras, comenzó a cambiarse y a guardar todo aquello que su abuelo le había dado. El mapa, la brújula, la lapicera, un anotador, una caja con pequeños separadores en un extraño bolso gigante lleno de bolsillos.
Cloe se colgó el pequeño bolso con la llave mientras reía del ingenio y las locuras de su abuelo.
-¡Apúrate, te vas a perder el amanecer en la ruta! -le gritó desde afuera.
Bajó las escaleras corriendo toda vestida y con las botas puestas, sintiéndose muy extraña sin su piyama de todos los días.
-¡Ah! ¡Pero que elegancia!… -le dijo el abuelo divertido. Le tomó la mano y la hizo dar vuelta sobre sí. -Preciosa, y el diseño bastante bueno para ser ropa tan vieja.
-¿Que es esto? -le preguntó intrigada mirando la bicicleta.
-Te va a servir como el oro, con ella irás más rápido. Caminando tardarás una barbaridad. Le agregué algunos detalles personales, como este techo que se pone y se saca, este carrito para llevar cosas y algunos detalles más que irás descubriendo mientras la uses -le dijo entusiasmado moviendo los dedos…
-¿Para que tanto abuelo?
-Debes volver con lo que encuentres que sirva, telas, semillas… lo que veas que aquí no hay.
-Abuelo, por favor, cuídame a los niños, y diles que me fui a dar un paseo y que vuelvo pronto.
-Que no te agarre la noche, siempre sal afuera cuando la ultima estrella se apague y entra cuando la primera se encienda, y recuerda, ten cuidado ¡es un lugar peligroso!
El abuelo le entregó una manzana que Cloe guardó en su bolso
-Para el camino, por si te da hambre.
Estuvo un rato intentando en la bicicleta mientras el abuelo le enseñaba y cuando aprendió a sentir el equilibrio comenzó a andar…
- No te detengas, no lo dudes… ve… ve…
- ¡Te amo abuelo!
El abuelo levantó su mano derecha, puso la otra en su pecho y le sonrió.
Cloe comenzó a andar al costado de la vía que iba derecho, derecho hacía el horizonte, hasta que llegó al portal que abría las puertas del murallón. Buscó la llave en su bolso, abrió y siguió andando… mientras veía como desaparecía la última estrella del cielo y el azul se trasformaba en violeta con la ayuda de una pizca de rojo, que se fue convirtiendo en naranja hasta que el amarillo del sol apareció, asombrada por ser la primera vez que veía semejante pintura de colores en el cielo.
Siguió viajando cuando aparecieron las nubes que lo cubrieron todo y rodeada de un viento que desconocía, se puso la capucha y siguió andando.
Larguísimo fue el camino hasta que llegó a un pueblo lo bastante oscuro como para asustarla, lo bastante en ruinas y vacío como para preocuparla. Un lugar sin nada, donde se respiraba la mismísima desolación. Lo único que había visto por ahora con color era aquel cielo del viaje, pero luego todo volvió a ser gris.
-Mmm… ¿esto era? -Pensó en voz alta -¡que decepción!
Siguió andando y a pesar de ello sacó algunas fotos del lugar. Luego de andar y andar, ver casas en ruinas y techos destruidos, vio pasar un gato negro. Lo siguió por la ciudad, hasta que se subió al techo de una casa. Cloe comenzó a escuchar un piano que sonaba al compás de los pasos del felino como si el sonido saldría de las tejas que él pisaba. El gato subió lo más alto que pudo y se posó cerca de una chimenea que humeaba y de algunas ramas con hojas verdes que se asomaban desde lo que sería el centro de la casa.
Cloe siguió con la mirada el humo blanco que veía por primera vez, junto al sonido del piano encontrando un pedacito de cielo celeste que comenzaba a abrirse.
Se acercó a la casa, bajó unas escaleritas, golpeó la puerta pero nadie atendía. Se sentó en las escaleras, esperando que alguien llegue.
El piano dejó de sonar y detrás de ella, el cerrojo se abrió pero no se percató de la situación. Siguió esperando hasta que se paró y le sacó una foto a la casa, al humo y a las hojas verdes que asomaban.
-¡Vete de aquí! -escuchó desde adentro de la casa -Ya, ¡vete! Váyanse de aquí, ¡como que me llamo Rebecca nadie podrá derribar este lugar!
Cloe bajó las escaleras apresuradamente, y le suplicó:
-Por favor, déjeme pasar, yo solo vengo a hablar con usted, quisiera saber que es este lugar, soy una vecina de una ciudad de por aquí, no le voy a hacer daño…
-¿Y como sé yo que eso es verdad?
-Eh… bueno, no lo sé, quizás solo… tendrá que confiar…
Abrió nuevamente el cerrojo y asomó un ojo celeste y miró a los ojos a Cloe. Cerró y abrió la puerta con desconfianza.
-Pasa -le dijo la anciana.
-Gracias.
-Puedes sentarte -dijo cortante.
Cloe se sentó.
-Mira, yo no me creo todo ese cuento que me vienen haciendo, todo ese dinero que me darán por esta propiedad. ¿Sabe que? Me importa un comino el dinero, yo nací aquí y moriré aquí. Y si quieren hacer añicos la ciudad, ¡pues bien! Yo ya no puedo hacer nada al respecto, pero mi casa no. Mi casa no. ¿Me has escuchado bien? Ahora anda y avísale a tus amigos. Derríbenla, pero conmigo dentro.
-Realmente no sé de que me está hablando señora, yo solo vine a ver que era este lugar, y la única casa que vi con vida es la suya, me acerqué… y quisiera saber…
-¿Que quieres saber? -le preguntó la anciana seria e impaciente.
-¿Qué es este lugar? ¿Por qué está así de vacío? ¿Porque está usted aquí sola? ¿Quién es esa gente de la que habla?
-Bueno, bueno, bueno, no te abuses. Te responderé lentamente, tranquila... recuerda que soy una anciana.
La mujer comenzó a contarle lenta y pausadamente una historia:
-Hace muchos años este pueblo era bellísimo, casi que puedo recordarlo… había mujeres, hombres y niños… corría agua por debajo de los puentes, había flores y reuniones. Bailes y amores.
Pero un día, esas sonrisas se apagaron con una noticia: una guerra vendría.
Alguien atacaría, alguien se defendería, y eso traería sus consecuencias.
Mi abuelo, ya había estado en una guerra y vio como los niños tan fieles trataban de cuidar todo lo que podían. Veía los ojos de los que atacaban, el miedo de los que se defendían, pero también vio la inocencia y la ternura de aquellos pequeños que no entendían. Eso nunca pudo olvidarlo, y cuando el alerta de otra guerra apareció, tuvo una idea: Se llevaría a todos los niños de la ciudad a un lugar lejano y los cuidaría con mi abuela hasta que pudieran volver.
Hubo un largo silencio entre las dos, y siguió:
-Pero aún no han vuelto.
-¿Y tú? ¿Tú no has ido?
-Bueno, la estrategia era que esa noche todas las casas apagarían las luces y en cuanto el tren prendiera las suyas todos los niños correrían en puntitas de pies sin hacer ruido hasta el.
La noche azul se llenó de piyamas blancos huyendo en la oscuridad iluminada por pequeños faroles que ellos mismos construyeron con el abuelo. Imagínate, hizo todo lo posible para que sientan que ese era un gran momento.
Antes, pidió a los padres que hagan una gran cena semejante a la de navidad, pongan un árbol y regalos que se llevarían a aquel lejano lugar.
Era un gran hombre…
Pero ese día, el pidió que todas las casas estén a oscuras, solamente iluminadas por algunas velas, no sé, estrategia para el enemigo decía…
Yo le tenía mucho miedo a la oscuridad, no quería separarme de mi mamá, me aterraba la idea de pensar estar en otro lado.
Asique decidí esconderme debajo de la cama, y llorar. No quería irme de aquí, ni dejar a mis padres, ¿Cómo los niños podían creerse el cuento de mi abuelo que se irían de campamento a un maravilloso lugar de juegos? ¡Un campamento! ¡Madre de dios! Eso no era verdad.
Sin embargo, aunque estaba enojada iba a ir, no quería separarme de mis abuelos, pero sobretodo de mi hermano Santiago, que era el que siempre me cuidaba y me defendía.
Los ojos de la anciana se perdieron a lo lejos.
-¿Y entonces? -preguntó Cloe.
-Comimos y abrimos los regalos, a mí me regalaron este juego de muñecas huecas de madera que entran una dentro de la otra, de mayor a menor y a él le regalaron un caleidoscopio…
Cloe estaba pensativa.
-Y me volví debajo de la cama, yo no tenía nada que celebrar, todo me parecía una farsa. Al rato de estar allí Santiago vino a verme con una manzana en un plato y un cuchillo en la mano. Se sentó y trató de calmarme mientras la cortaba.
-Te traje una manzana mágica, no es ni roja ni verde, es una mezcla de los dos.
-Tengo miedo -le dijo Rebecca realmente asustada.
-No te preocupes, yo estaré ahí para protegerte… allí estaremos a salvo, es solo un tiempo, hasta que la guerra acabe…
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo. Palabra de honor. Come toda la manzana que no has cenado nada, y yo aún tengo cosas que hacer, abuelo me nombró responsable principal de toda la tropa. Debo alistarme para semejante compromiso.
-¿Qué tropa? ¡Niños huérfanos querrás decir! Te lo dice para que creas que es un juego y todos entren a ese tren. El abuelo nos miente, dijo Rebecca enojada, miró la manzana en la mano de Santiago y le dijo:
-Siempre compartimos mitad y mitad, guárdala en tu bolso para comer en el tren.
Santiago quedó pensativo y la guardaba mientras la mamá lo llamaba con insistencia.
-Santiago, Santiago!
La anciana Rebecca mientras preparaba un té para Cloe.
-Este té es muy especial, tiene almendras fileteadas y tostadas con miel, un chorrito de leche, y una pizquita de canela.
-Gracias Rebecca, suena delicioso.
Mientras tanto Santiago se preparaba, nervioso… la madre preparaba a Santiago, le daba advertencias, precauciones, el abuelo estaría al fondo de la ciudad y él al principio, eso significaba que debería recibirlos a todos en el tren, y el abuelo asegurarse de que todos salieran.
El tren prendió sus luces, Santiago tomó todas sus cosas, la madre metió dentro de su bolso el regalo, le dio también el pequeño árbol de navidad para que la recuerde siempre y empujó a Santiago a la calle para que no dudara, Santiago se dio vuelta como pudo con sus manos llenas, vio a la mamá llorando, la madre hizo señas de que siguiera corriendo, todo salió apurado, los niños corrían y abandonaban rápidamente la ciudad de un momento para el otro. Mezcla de apuro y emoción contenida, sin tanta poesía. Era necesaria una rapidez de gacela. Clara, limpia y casi invisible para los ojos del enemigo, como decía el abuelo. Practicaron la huída por varios largos meses, y salió impecable, salvo por un detalle.
Los niños se sentaron en el tren, algunos festejaban, otros lloraban, otros miraban por la ventana… diversas eran las reacciones de esos pequeños hombrecitos, pequeñas mujercitas que se iban lejos, muy lejos a cuidar de sí.
El tren prendió su motor y empezó a andar.
Santiago estaba cansado, se desplomó en el asiento y respiró profundo. Por la ventana la ciudad quedaba atrás, bajó su mirada y vio el bulto en su bolsito. Abrió grandes los ojos, perplejos, helados, y sintió como si todo se hubiera detenido y la sangre hubiera dejado de correr. No podía ser cierto. Claro que no. Miró desesperado para atrás buscando a alguien, pero sabía muy bien que ella nunca había salido de su escondite.
Era lo más parecido a una pesadilla, queriendo despertar, queriendo parar el mundo, el tren y volver atrás. Sabía que era imposible hacerlo con ese tren, sin embargo corrió hasta el abuelo y le dijo:
-Quedó Rebecca allí… quedó Rebecca allí... ¡Quedó Rebecca en la guerra! ¡Debemos volver, debemos volver!!! Se lo prometí, ¡prometí que la cuidaría para siempre!
Los abuelos se miraron aterrados.
-¿Cómo que quedó Rebecca? le preguntó el abuelo, me temo que no podemos volver, no se puede… el tren se construyó especialmente para que vaya y no vuelva… no por ahora…
A Santiago se le llenaron los ojos de lágrimas.
-¿En que fallamos abuelo? El plan era perfecto… esto no debería haber ocurrido…
Los ojos de la niña se abrieron con el sol, vio su mano tendida con la media manzana en la mano y la muñeca de madera en la otra.
-Se fueron… -susurró.
Decidió quedarse allí, protegerse, mientras escuchaba los llantos de la madre y el consuelo de su padre porque ellos ya no estaban ahí.
Más tarde escuchó la radio, escuchó el ruido, escuchó mucho ruido, escuchó los gritos. Escuchó todo, pero no vio nada. Todo era oscuridad, salvo cuando entreabría los ojos y dejaba pasar un poquito de luz. Obligó a sus ojos permanecer cerrados pero difícil era cerrar los oídos.
Hasta que un día, el silencio fue total.
Se aseguró que fueran varios días de silencio. Hasta que salió del escondite. De pronto ya no era más una niña. De pronto se había hecho fuerte. Ya no tenía miedo a la oscuridad.
Se sentó en una silla del comedor alrededor del desorden pero viendo que casi todo estaba sano y salvo. Sobretodo el piano blanco de su madre y la biblioteca de su padre.
Se quedó en su casa, nunca salió y decidió plantar en el pequeño patio que había detrás, las semillas de su manzana. Mientras tanto ordenó el lugar y trató de ponerlo lo más bello posible. Aún estaba viva, eso se parecía a un milagro.
-¿Y no estabas triste, no llorabas? -le preguntó Cloe
-¿Sabes una cosa Cloe?, en esos momentos uno se hace fuerte y simplemente, encuentras que no tienes otra opción.
Otro milagro es el que comenzó a suceder en su jardín; una de las semillas que se encontraba en la tierra oscura decidió abrirse y buscar con toda su fuerza la luz de la superficie. Sus brotes claros, blancos recorrían la tierra marrón dejando un caminito en su andar de raíces y un día, gracias a eso, su otra parte pudo llegar a ver el sol.
Su blancura se transformó en verdor que, luego amorronándose endureció, convirtiéndose en ramas.
Mientras tanto su otra parte seguía subiendo alto, queriendo llegar al cielo, y sintiendo el aire brotaron hojas que acompañaban el movimiento invisible que danzaba formas a su alrededor. Pero con eso no bastaba, luego quiso volar y formó flores blancas llenas de aroma y perfume para irse con el aire en su viaje.
Pero la otra parte queriéndose quedar en el árbol, cobijó agua en la flor que con su calor endureció creando un fruto delicioso donde habría más semillas para que nuevos árboles salgan.
Y mágicamente, más rápido de lo que ocurre siempre, ese árbol había crecido.
Mucho.
Rebecca se alegraba y lo observaba todos los días.
De noche llovía y cuando despertaba temprano, el amanecer le regalaba miles de gotitas transparentes sobre las hojas. Se sentaba y esperaba que les diera el sol, así brillaban como diamantes, hasta que con el calor desaparecían en el aire.
Se preguntaba donde iría esa agua, como era posible que desapareciera de su vista así de repente.
También se detenía a mirar los tréboles que se encontraban debajo del árbol y se preguntaba acerca del misterio del trébol de cuatro hojas. Porque si todos eran de tres hojas, de vez en cuando uno de cuatro salía. ¿De que dependería?
Un día despertó con el sonido de un pájaro que estaba en su árbol, parecía ser el único refugio que quedaba en la ciudad. Y así fue como los pájaros comenzaron a llegar y a instalarse en ese árbol que era el único de alrededor. Armaron sus nidos y cobijaban sus huevos allí.
Recibió pájaros y mariposas que la visitaban en tandas y por temporadas, cantaban sus serenatas y algunas le causaban ternura y otras mucha gracia.
Rebecca se levantó de la silla y le dijo a Cloe:
-Ven que te muestro el jardín.
Entraron a un bellísimo jardín de cuentos, aunque bastante apretado, ya no había mucho espacio para más flores ni más frutas… hasta el balcón de la ventana del piso de arriba explotaba de malvones multicolores.
-¡Que hermoso! -dijo Cloe.
-Esto es mucho más que hermoso…-le dijo con ternura -y siguió:
-Sabía cuando llegaría un grupo y cuando el otro, me sentaba atentamente y esperaba por ellos. En agradecimiento por acogerlos volaban alto, volaban lejos trayéndome semillas de diferentes lugares. Y el sol volvió a brillar para mí, con ellos comencé a crear mi propio pequeño paraíso… apretado jardín que iluminaría mi vida y la llenaría de sentido.
Pronto, muy pronto comenzaron a salir gran variedad de frutas y verduras, de todas clases, colores y aromas.
Cuide de ellos, y ellos cuidaban de mí.
Pero también el sol un día dejó de brillar tan fuerte y ya no estaba tan presente, era suave, muy tibio, descubrí que se estaba yendo a otro lado.
Luego comenzó a hacer frío y llovía, los frutos se caían, los pájaros también se iban.
Y me asusté, pensé que mi jardín se estaba muriendo…
Ese día lloré todas mis lágrimas contenidas, triste recolectaba todos los frutos del suelo que no había llegado a comer, regándose no solo con el agua de las nubes sino con la que salía de mis ojos también. Lloré a Santiago, lloré a mi mamá, lloré a mi papá, lloré a mis abuelos, lloré a mis amigos. Lloré cantidad y calidad.
Y luego me sentí tan bien que decidí que si el cielo lloraba en otoño, yo también lo haría.
Entré a la casa y guardé las semillas en una caja de madera separadas por especies.
Anote los pájaros y mariposas que fueron llegando y los días que se quedaron. Escribí lo que recordaba y guardé lo que me pareció. Mientras afuera el frío y la nieve cubrían todo mi jardín y yo estaba triste pero me entretuve bastante armando mi propio laboratorio.
Un día el sol volvió, todo comenzó a brotar otra vez y allí conocí año tras año los secretos de las estaciones, como todo nacía, crecía, moría y volvía a nacer… cada verano, cada otoño, cada invierno, cada primavera era un festejo, siempre algo nuevo acontecía…
Al fin y al cabo yo también me cansaba de estar todo el día afuera con los pájaros cantar y cuando el silencio venía me metía dentro y comenzaba a escuchar en la cocina susurritos entre la canela y el azafrán, como si me llamaran, y este fue mi laboratorio y aprendí a hacer tes, aceites, bebidas y diferentes comidas con cada fruta, con cada semilla…
Mientras Rebecca hablaba, Cloe sacaba fotos.
-Cuando ya fui más grande vi otras cosas en las flores, un mundo nuevo se abrió ante mí y un poco más serio se volvió el asunto, donde antes veía campanitas o sombreros, ahora veía su armonía, su geometría, y las perfectas proporciones, las estrellas en la tierra, los círculos y los hexágonos mirando al sol.
Cuantos más años pasaban, diferente escuchaba a los pájaros, sus sonidos, sus silencios y sus sostenidos. Y los acompañaba con el piano de mamá. Era como una clase de música. Ellos fueron mis maestros y ésta mi escuela. Crecí y luego fui poniendo palabras a muchas cosas gracias a algunos libros que aún quedaban en la biblioteca.
-Suena todo muy hermoso -dijo Cloe emocionada.
-Si, pero realmente siempre me faltó algo
-¿Que? -preguntó casi sabiendo la respuesta
-Poder en algún momento compartirlo con alguien más… soñaba con compartir toda esta belleza… ¿Cómo era posible que fuera para mi sola?
Esperé que los niños volvieran y así me fui haciendo más grande y mayor, y luego no esperaba que niños vinieran, esperaba jóvenes, más tarde esperé madres y padres, y ahora espero abuelos y ancianas.
Estoy agradecida y feliz por haberme quedado aquí, aunque a veces me pregunto porque se olvidó de mí… aunque a veces me ponga triste pensando en él, en como estará, y hasta a veces me pregunte si estaría vivo… –nostalgia y silencio aparecieron entre ellas, hasta que Rebecca siguió:
-Pero aprendí a vivir dentro del misterio de no saber, del silencio profundo que inunda cuando no hay respuestas. Allí hay una hermosa presencia de nada, de vacío pero también de sorpresa.
Rebecca miró a los ojos a Cloe largo rato.
-Tu mirada me resulta familiar, ven…
Subieron las escaleras entre los malvones de hojas aterciopeladas y entraron a la planta alta de la casa, allí había más y más flores, pequeñas y grandes, cajones y cajoncitos de madera de roble que Rebecca abrió para Cloe.
-Hay 70 otoños guardados aquí. Todas las flores y frutos convertidos en semillas que ya no cabían en el jardín. Y que ya casi tampoco entran, desborda el jardín fuera y adentro también.
Cloe veía esas miles de diferentes tamaños casi todas amarronadas.
-¿Como puede ser que algo tan pequeño y descolorido contenga adentro flores de diferentes formas y colores extravagantes? ¿Deliciosas frutas exóticas, verduras llenas de hierro? Así como se las ve, casi no dicen nada…
Rebecca rió.
-Eso es un secreto que gracias a Dios, me lo dejan en misterio para que solo me sorprenda con el regalo que vendrá luego. Todas las primaveras un paquetito con montones de envoltorios de miles de colores, llenas dentro se abre para mí. Y aún no sé porqué y aún no estoy segura como.
Pero me dediqué a guardarlas para plantarlas luego en algún lugar. O a esta altura, que alguien lo haga por mí… pero mi último sueño era poder verlo. Poder verlo con mis propios ojos, poder ver el sueño que tengo en mi mente hace tantos años.
-¿Cuál era? Le preguntó Cloe sabiendo la respuesta.
-Los niños volviendo de ese tren y poder jugar con ellos nuevamente. Ese era mi último sueño, ver como desparramaban las semillas por esta ciudad que amé tanto, ver como esta ciudad cobraba vida nuevamente. Ver como renacía.
-¿Y porque hablas como si ya no lo tuvieras?
-Porque ya esperé suficiente y nunca aparecieron niños por esa ventana pero sí dos hombres con planos para derribar todo y hacer aquí algo diferente a lo que era. Ni risas, ni bailes, ni familias, ni ríos, ni puentes, ni flores, ni árboles, ni nada de lo que antes había aquí. Yo ya estoy grande, disfruté lo que tenía que disfrutar y esperé lo que tuve que esperar. Quizás, eso era del pasado, quizás, eso fue de aquel momento y ya no vuelva.
Cloe se quedó muda, miraba detenidamente a Rebecca y alejó la vista a la ventana que daba al jardín.
-Rebecca, debo volver a mi casa antes de que se ponga oscuro.
-Si, ve, toma, llévate una manzana para el camino.
-Gracias, pero… ya tengo una…-dijo tocando su bolsito, aunque… vamos a hacer una cosa, nunca probé las manzanas rojas, te doy la mía y tú me das la tuya.
Se intercambiaron manzanas. Rebecca la miró extrañada.
-¿Volverás a visitarme? -le preguntó la anciana con ternura.
Cloe la miró a los ojos, abrió la boca para contestarle con toda seguridad pero se detuvo y le respondió con un silencio que vino desde lo más profundo de sí, lleno de significado. Lleno de promesas que no sabía aún si podía cumplir. Pero de una cosa estaba segura, lo intentaría.
-No lo sé. Tal vez -dijo tímidamente Cloe.
Rebecca sonrío.
-Me gusta… Esa es la verdad…
Cloe tomó su bicicleta y comenzó a andar, estaba plena pero su mente iba vacía, sin pensamientos, sin planes… anduvo… y nuevamente el cielo, transformaba sus colores, y el amarillo del sol, se volvió naranja con una pizca de rojo, y en violeta gracias al azul que envolvió todo transformándose en un paquete de noche, haciendo sentir a Cloe encerrada.
La primera estrella apareció en el cielo cuando disciplinadamente entró a su casa.
El abuelo aguardaba sentado pero dormido en su sillón.
Al oírla se levantó de un salto.
-¿Y? ¿Como te fue? -preguntó el abuelo sobresaltado.
-Bien. -le dijo Cloe en seco.
-¿Como bien? ¿Solo bien? ¿Hay algo? ¿Que hay? ¿Hay vida? ¿Hay semillas? ¿Quedaron animales? ¿Hay humanos?
-Si abuelo, hay cientos y cientos de semillas…
-¡Fantástico! Hay que traerlas todas, las plantaremos aquí. Haremos nuestro pequeño paraíso.
-Abuelo, esta tierra no es fértil, este árbol casi no tiene raíces porque plantaste las semillas que trajiste en esa media manzana en un pequeño macetero de un árbol de navidad y que ahora vive gracias a tu amor por ese lugar, no por nada más… es lo único que tenemos. Y este árbol, ya sabes, se está por caer en cualquier momento.
¿Dónde quieres plantar todas esas semillas? No hay sol, agua ni viento. Ahora sé que todos tus inventos son en vano aquí, todos esos inventos son para allí, ahora lo entiendo. Abuelo, debemos volver. Ya es hora.
-¿Volver adonde?
-¡A la ciudad abuelo!
-¡De ninguna manera! Una cosa es que tu vayas, veas, conozcas, sepas de donde vienes, otra cosa muy distinta es que quieras quedarte y más llevarte a los niños. ¡Allí afuera es peligroso! Siempre la guerra puede volver, aquí los niños están a salvo. En cualquier momento esa luz se puede apagar para siempre.
-¡Pero están aburridos abuelo! No conocen los pájaros, las flores, no sienten los aromas…debes darles la oportunidad de que lo vean, lo sientan, aunque sea solo por un momento…
-Aquí están protegidos…
-Abuelo aquí no tenemos nada para que ellos jueguen, experimenten la música, bailen, las mariposas abuelo, los capullos, las frutas…
-¿Y tu como sabes de todo eso? ¿En tan poco tiempo? ¿Cómo sabes de las semillas en la maceta de navidad? Solo estuviste allí unas cuantas horas.
-Ahora que conozco ese lugar, sé que es el mismo que nos contaba la abuela en sus cuentos. Ella nos contó todo y nosotros que pensábamos que era una fantasía… allí estaba…
Abuelo, algún día, y tu lo sabes debes darle la libertad de…
-¡Dije que no! Conozco muy bien ese lugar y sé que…
-¿Conoces muy bien ese lugar? Solo haz estado allí 7 pequeños años, lo que sabes ahora y te asusta es lo que te contaron tus padres, tus abuelos, y a ellos sus padres, y los padres de sus padres…
-Y tú has estado solo una tarde y hablas como si lo conocieras.
-¡La abuela nos contaba y lo acabo de pisar!
Cloe respiró profundo.
-¿Y que? ¿Acaso ella no te contaba de brujas malas?, ¿de batallas?, ¿de princesas encerradas en torres? ¿De dragones? ¿Que te falta aquí Cloe? Este es el paraíso perfecto, hay todo lo que necesitas tener… aquí no pasa nada de todo eso.
-Bien lo dijiste abuelo, aquí no pasa nada. Ni bueno ni malo. Nada.
-¿No eres feliz aquí Cloe? Tienes todo lo que en realidad se necesita tener, tienes…
-No estamos libres abuelo, eso no puedes negarlo.
-Pero los estoy cuidando mientras creo, nada les pasará, no tienen de que preocuparse, ¿con eso no basta?
-No, y tú muy bien lo sabes. Ellos también necesitan saber que es cuidar, que es crear. Me encantaría tener tu apoyo abuelo, yo iré con ellos y me encantaría que nos acompañaras.
-Van a sufrir, se van a equivocar, otra guerra puede pasar.
-Pues prefiero que se equivoquen una y otra vez y las veces que sean necesarias. Prefiero saber que están eligiendo algo porque tienen muchas opciones, no porque no tienen opción. Tomaré el riesgo.
-Y que irán ¿caminando?
-No lo sé.
-No podrán.
-Ven, por favor.
Y sabiendo el abuelo que su nieta ya sabía toda la verdad confesó:
-Yo no puedo volver allí… no podría volver a ver ese lugar… y saber que… ella ya no está por mi culpa…
-¡Deja ya de pensar solo en ti abuelo! Hazme el favor, acompáñanos…
-¿Que solo pienso en mí? ¿Toda mi vida estuve pensando en ella! ¡En porqué la dejé sola! ¿Como fue que me equivoqué? ¿Como fue que cometí semejante cosa? ¿Qué parte del plan no funcionó? ¿Como fue que no haya prestado atención?
-¡Si eres tan perfecto! Si creas todas esas maquinas (que no sirven para nada), como puede ser que se te haya olvidado tan inmenso detalle… si a ti no se te pasa nada… tu, tu y tú…
-¡Ella murió por MI culpa! -señalándose con el dedo el pecho.
Cloe bajó la mirada hacia el dedo. Volvió a mirarlo, se dio vuelta y se fue, quedando solo parado en medio del salón.
Cloe volvió hecha una furia hasta donde estaba el abuelo nuevamente.
-Estoy deteniendo la moneda en el aire, y no te das cuenta, tanto de tus lindos discursos en vano. Estoy eligiendo la vida y lo niegas, estate seguro que en nombre de la verdadera palabra del tatarabuelo lo voy a hacer igual.
Cloe se volteó dándole la espalda a su abuelo y se rió de si misma, impactada por la propia seriedad de sus palabras, no acostumbraba hablar así ni a contradecirlo ni siquiera con esas palabras que parecían de juguete.
Salió del cuarto y se fue a acostar, ya estaba muy cansada, mañana sería otro día y pensaría en algo. Era tarde, el día había sido largo y diferente a todos los demás que tuvo en toda su vida allí.
Se despertó aún de noche, daba vueltas, sin poder dormir. Una y otra vez cambiaba de lugar. Respiraba profundo, miraba al techo. Se notaba que pensaba y pensaba sin parar,
hasta que el sueño la venció.
Al rato se volvió a despertar enceguecida por una brillante luz que entraba por la ventana, se cubrió los ojos con el abrazo y se acercó a mirar, pero era tan potente que no llegaba a ver lo que era.
Bajó las escaleras, salió, pero las luces ya no estaban, solo su abuelo que salía de la oscuridad con la cara toda negra, guantes y herramientas en la mano.
-Aquí está el tren. Despierta a los niños, que no se pierdan el amanecer -dijo seriamente el abuelo y entró a la casa cerrándola de un portazo.
Cloe lo siguió y subió las escaleras. Intentó abrir la puerta del estudio pero este estaba cerrado con llave.
-Ve, anda, váyanse de una vez.
- Gracias abuelo, Y ¿como se maneja el tren?
-Presiona el verde para salir, y el rojo para detenerlo. Es muy simple. Y si se te llega a parar a mitad de camino, le pones más troncos y manzanas a quemar.
-¿Te vas a quedar aquí solo? ¿Y si luego quieres ir? ¿Como irás?
-No iré. Yo no necesito ir. Tengan una buena vida. Cuídense.
Cloe miró por la ventana y vio el campamento dormido. No tenía mucho más tiempo que perder. Entró a su cuarto, se vistió, tomó todas sus cosas y salió.
Guardó la bicicleta dentro del tren y fue hasta las carpas despertando a los niños, uno a uno.
Luego de reunidos, y bastante dormidos casi todos, les dijo:
-Tengo una gran sorpresa para ustedes. Si les parece bien, iremos de excursión más allá del campamento. Tomaremos el tren al que siempre piden entrar, cruzaremos el desierto y veremos que hay allí a lo lejos. Algo así como una travesía. ¿Qué les parece?
-¡¡¡Si!!! -exclamaron todos.
-¿De verdad iremos en la serpiente verde? -preguntó un niño de los más pequeños.
-Si –contestó Cloe con ternura -bien, hay que llevar todo, levantaremos campamento.
-¿Todo, todo? -preguntó un niño.
-Todo, todo -contestó Cloe.
-¿No volveremos?
-No lo sé, por eso mejor llevar todo.
-¿Y es hermoso?
-Si.
-¿Cómo los cuentos que nos contaba la abuela?
-Exactamente como los cuentos que nos contaba la abuela. Allí iremos.
-Si!!!!! -gritaron todos.
-¿Y nos quedaremos allí, para siempre?
-No lo sé. Tal vez.
Los niños la miraron con un poco de enojo sin entender bien porqué si era tan bello, no podrían quedarse para siempre.
-Dejemos que sea una sorpresa… ahora quiero saber una cosa, ¿hay alguno que quiera quedarse? Allí realmente hay todo lo que nos contaba la abuela, brujos y también hadas, ángeles y dragones, laberintos donde podremos perdernos…
¿Aún así quieren venir?
-¿Estás bromeando Cloe? ¡Vivir dentro de un cuento verdadero! ¡Es como un sueño! -dijo uno de los niños mayores.
-Si, me hace ilusión -dijo otra niña
-¿Entonces todos quieren ir? Creo que será difícil volver pronto.
-¡Si! -exclamaron todos.
Los niños desarmaron las carpas muy rápido, parecía que hacía mucho querían salir de allí.
Se subieron todos al tren, Cloe miró hacia el árbol, tiró un beso imaginario a su abuelo, y gritó:
-¿Están todos arriba? ¿Están seguros que nadie quedó allí?
-¡El abuelo! -gritó un niño.
-El abuelo quiere quedarse. ¿Todos arriba? ¿Seguros que no queda nadie abajo?
-El abuelo -gritó una niña -el abuelo está afuera.
-Dije que el abuelo quiere quedarse, estoy hablando de los niños.
-No…ningún niño afuera -dijo la niña.
-Bien, nos vamos ahora.
Cloe presionó el botón verde y el tren partió. El abuelo desde arriba, mirando por la ventana, veía como los niños se iban en el tren. Tiró un beso imaginario, sostuvo su mano en el vidrio y allí se quedó solo entre toda esa oscura magnitud.
Se dio vuelta, miró sus proyectos, sus mapas, sus dibujos, sus bicicletas miniatura, sus molinos, sus inventos, sus plaquetas solares. Y un invento que estaba tapado por una sábana. Lo desmanteló y era una especie de computadora solar.
-Iluso… -se dijo en voz alta.
Mientras tanto los niños en el tren cuchicheaban entre sí y en el cielo se pintaba el amanecer.
Cloe observaba como iban llegando a la estación. Los niños miraban por la ventana la ciudad abandonada, y se veía en ellos una cierta cara de decepción.
-Niños, prepárense, estamos llegando -gritó desde la cabina.
Cloe apretó el botón rojo. El tren paró y las puertas se abrieron.
-Ahora si… -dijo Cloe.
Los niños emocionados, comenzaron a pararse, y los que estaban despiertos, llamaban a los que se habían quedado dormidos.
Todos comenzaron a bajar con sus bolsos y mochilas. Esperaron a Cloe, y comenzaron a caminar por la ciudad.
-Pero, esto está abandonado… -dijo una niña
-Pero esto está horrible -dijo otra
-Este no es el lugar que nos contaba la abuela en sus cuentos…
Cloe comenzó a caminar con ellos en silencio, por el amanecer de una ciudad en ruinas, gris y devastada.
-Quiero volver a casa -dijo un niño
-Tienen que tener paciencia, ya verán, mientras cantemos una canción
Mientras tanto Rebecca que estaba tendida en su cama comenzó a escuchar una melodía que venía desde afuera, salió a la sala, miró por el cerrojo pero no vio nada. Abrió una ventana que estaba cerrada por años, muchísimos años de polvo y nostalgia. Seguía sin ver nada, solo una calle desolada, pero seguía escuchando la música. Hasta que de pronto, comenzó a ver a Cloe y detrás de ella montones y montones de niños, altos, bajos y medianitos.
Rebecca abrió la puerta con alegría y esperó hasta que todos se acercaran.
-Vinimos a jugar contigo -dijo Cloe emocionada -creo que era hora de volver.
A Rebecca se le iluminó la cara.
-Niños, les presento a la tía Rebecca.
Los niños saludaron a Rebecca que sonrojada bajó la mirada hasta ver el bolsito que colgaba de Cloe
-Tu… -Rebecca rió
-Si…
Rebecca asintió con la cabeza.
-Recuerdo eso…Y… él, ¿aún sigue allí?
Cloe quedó en silencio.
-Pues si tienes los mismos ojos… creo que ha hecho un buen trabajo, ¿verdad?
-Eso creo -le dijo mirando a los niños.
-¿Porqué parecen tan enojados?
-Creen que esto es lo único que hay.
-Ajá… -dijo Rebecca -pues bien, pasen, pasen, veremos como entraremos todos aquí.
Mientras tanto, el abuelo miraba el cuarto de Cloe con nostalgia, allí en los lugares vacíos donde no había nada, se la extrañaba. Extrañaba mirar por la ventana y que no haya niños ni carpas. En un mueble había una manzana roja y la cámara de fotos al lado.
Tomó la cámara y subió casi corriendo al estudio. Entró por una pequeña puerta secreta, y allí había un cuarto oscuro, donde preparó todo para revelar esas fotos.
Hizo su trabajo, colgó las fotografías y una a una comenzó a verlas.
Fotos blanco y negro de la ciudad, su ciudad en ruinas, gris, las casas de sus amigos, de sus vecinos, intensas fotos de una ciudad rodeada de muerte y de nada. Comenzó a llorar sin poder detenerse, cerrando los ojos, un grito salió de su boca, se tapó con la mano y corrió hacia la puerta. Miró por la ventana, y se preguntó:
-¿Porque se quiso ir? Si no quedó nada…
Volvió al cuarto oscuro con rabia, comenzó a sacar las fotos colgadas, hasta que llegó a la que aún no había mirado. La chimenea humeando y las hojas verdes asomándose por el techo. Luego vio la entrada de la casa, de su casa. Luego vio a color, la entrada de un jardín, luego vio flores, vio frutas, vio un árbol de manzanas rojas, su mirada se perdió, recordó algo, salió del cuarto y fue hasta el de Cloe, tomó la manzana roja y volvió a subir al cuarto secreto. Sorprendido y comiendo la manzana siguió mirando y vio bellas fotos a color de una naturaleza fuera de lo común llena de vida, movimiento y geometría. Y la última que vio, fue de montones de cajas con semillas dentro.
Mientras tanto los niños miraban asombrados las cajas de semillas y en medio del revuelo una niña tiró del vestido de Rebecca.
-Tía, Cloe dice que aquí están los extraños personajes del cuento de la abuela, sapos y hermosos príncipes azules… ¿Es verdad? -preguntó la niña -porque yo no veo a nadie.
-Mira querida, yo no sé que de todo eso sea verdad, pero si te puedo decir una cosa, este lugar es mitad para descubrir lo que ya hay, y mitad para imaginar lo que aún no.
Por eso si queremos un jardín más grande para que todos entremos, debemos poner manos a la obra -les dijo Rebecca.
Abrieron la ventana y comenzaron a bajar las cajas por una soga hacia la vereda.
Los niños comenzaron a plantar las semillas, correr por la ciudad, subir y bajar los puentes, subir y bajar por los techos y salir por las ventanas.
El abuelo mientras tanto preparaba una motocicleta con un carro detrás que rodeando las vías del tren lo llevaría de nuevo a casa. Metió dentro del motor de la moto manzanas y leña, guardó sus herramientas en su valija. Se limpió las manos y comenzó a poner todos sus inventos en el carro.
Se cambió, con su ropa especial, se puso unos anteojos negros, un casco con orejeras de lado a lado, apagó las luces del árbol, las estrellas se apagaron también, se puso una especie de walkman en los oídos, y escuchando “Perhaps” de Cake, se marchó en su moto.
El viento corría por su pelo, tarareaba la canción y el amanecer que veía nuevamente. Se detuvo allí un rato, se sacó los anteojos y miró lo que en el cielo acontecía.
Se subió a la moto y anduvo hasta llegar a la ciudad.
Llegó a su casa y mirándola con nostalgia tocó la puerta.
Cloe abrió y vio a su abuelo detrás de unos extraños anteojos negros, que por cierto, le quedaban muy bien.
-¡Abuelo! ¡Viniste! -exclamó Cloe con alegría.
-Supuse que los niños necesitarían bicicletas. Y alguna ayuda para ordenar todo este desorden.
-¡Que rápido! -exclamó asomando la cabeza por detrás suyo mirando la moto.
-A mí de pequeño me llamaban el Halcón negro, dijo orgulloso.
-¿Y eso era bueno o malo?
El abuelo rió
-Pues era por lo inteligente, rápido y observador. Por eso el abuelo me nombró el guía de la tropa… -Santiago tenía los ojos perdidos y volviendo allí siguió -pero me olvidé de mi hermana… ¿dónde está? -preguntó mirando para los lados.
-Está atrás -dijo Cloe señalando al jardín.
Allí estaba Rebecca arreglando unas flores. Santiago le tocó el hombro. Rebecca se dio vuelta y lo miró mucho más que sorprendida.
-Pensé que tu ya no… Cloe no me dijo que aún… -Rebecca lo miraba con profundos ojos de amor, pero de repente recordó, le dio la espalda, se sentó en su banco y con un enojo leve pero guardado le dijo:
-Era solo un tiempo hasta que la guerra acabe, y terminó hace mucho, ¿Por qué no volvieron antes?
El abuelo se sentó mirándola.
-Aquí habrá terminado hace mucho -le dijo tocando su pecho -pero aquí terminó hace poco -dijo tocando su cabeza. -Disculpa… disculpa que… me olvidé de ti, estaba tan… tenía tanta responsabilidad, tanta…
-Presión…
-Si… quería hacerlo tan bien, que lo hice todo mal.
-Te perdono, aparte fui yo la que me escondí, tenía miedo… al fin y al cabo no me quería ir de aquí realmente.
-Pero yo tenía una promesa contigo. Te di mi palabra de honor. Debería haber…
-Quizás, deberías aprender a no prometer. Porque nunca se sabe lo que puede suceder, la vida tiene razones misteriosas que nadie entiende, tú no lo sabes todo. Y mira que bien salió: Vos, cuidaste de los niños, y yo, me quedé cuidando esto -señalándole el jardín.
Santiago se quedó largo rato pensativo y Rebecca, en silencio a su lado. Ambos con la mirada perdida en el jardín.
-Si -dijo de repente Santiago -ahora hay mucho que hacer –y mirándola le dijo -por dios Rebecca, usas los batones de mamá, hay que modernizarte –y siguió -yo creo que habría que llamar a los padres y madres de estos niños para que vengan a ayudarme a reconstruir las paredes de la ciudad, es un esfuerzo que los niños no podrán hacer y yo solo tampoco.
-Si, me parece bien -dijo Rebecca.
-Y cuando lleguen todos haremos una gran fiesta. Sin faroles, sin oscuridad, sin velas, que sea de día, con danzas y mucha música. Esa puede ser una buena estrategia para el enemigo. Sabrán que somos muchos y cuantos más seamos, menos sentido tendrá la idea de derribar la ciudad. ¡Esta vez necesitamos hacer ruido, mucho ruido, anunciando que llegamos!
Y fue así como Rebecca que primero vio como llegaban los niños a la ciudad, vio como luego llegaban los padres y las madres, y detrás los abuelos y las ancianas. Nunca pensó que vería llegar a las tres generaciones juntas casi al mismo tiempo.
Al otro día se hizo una fiesta donde los niños bailaban sobre los puentes y debajo otros tocaban tambores y panderetas sobre barquitos deslizándose en el agua.
Sacaron el piano blanco a la calle que Rebecca tocó junto a Santiago que mientras, por supuesto, tocaba música electrónica.
Ese día hubo ruido, mucho ruido, ese día la ciudad se llenó de música.
Y poco a poco comenzó a llenarse de colores, los niños a andar en bicicleta y patinetas y Cloe los miraba encantada viendo como disfrutaban. Los padres a reconstruir las casas por fuera y las madres por dentro. El abuelo cosía junto a los niños sus nuevos atuendos. Rebecca estaba siempre entre vegetales y ollas de bronce marrón calentando chocolate para los niños o vino para los grandes, cocinando tartas de manzanas, sopas de champiñones o panes de calabaza.
Tulipanes se preparaban en la tierra. El agua corría en los ríos y los molinos se movían con el viento.
Rebecca llegó a ver más de lo que había imaginado en sus sueños. Ahora todo dependía de ellos, y sabía que con esos niños, y su evidente nobleza, la guerra era una dama que se quedaría lejos, muy lejos, en los recuerdos. Le costaba imaginarse que podría volver.
-Nos quedaremos aquí para siempre, ¿verdad Tía? -preguntó la niña.
-No lo sé. -le contestó Rebecca.
* * *
El abuelo cosía junto a las demás niñas cuando Cloe se acercó y le dijo:
-Abuelo, debo hacerte una pregunta, ven por favor.
El abuelo acompañó a Cloe hacia el jardín.
-No puedo negar el miedo que me da cuando dices eso
Cloe se rió
-Ayer, por la noche, como para no perder la costumbre, subí al árbol de manzanas de la tía, y mientras las estrellas aparecían, y yo las miraba… vi muchas luces prendiéndose a lo lejos, que no eran de aquí.
-Por dios Cloe, debo considerarte completamente incansable.
-Pues quiero conocer, la abuela nos hablaba de animales salvajes, con pintitas y con rayas, altos y bajitos… ¡ranas rojas miniatura cerca de mares con olas color turquesa! ¡Secuoyas gigantes!
-Bendita sea tu abuela que te contó todo eso y luego me dejó a mi solo contigo. Me pregunto de donde habrá sacado todo eso, ella como yo, solo estuvo aquí siete años… ni siquiera vio eso que te contaba.
-Nos contó que su mamá todas las noches le narraba todos estos cuentos, vamos abuelo… -dijo Cloe con mirada cómplice -decía que este era un lugar único, irrepetible, nos hablaba de cascadas, ríos e insectos extraños. Reyes, reinas, historias increíbles… lugares sagrados, ciudad de cristales… pues nunca voy a olvidar los ojos de la abuela contándonos todo eso…se reflejaban los lugares en su mirada, tanto que casi se podía verlos delante de ella… le brillaban como ninguna estrella conocida hasta ahora por mí, con eso te digo todo, y eso que soy toda una experta en ellas.
-Quizás… llegues a conocer unos ojos que brillen más que los de la abuela…
-¿Verdad? ¿Y que tendrán para contar, para que brillen aún más?
El abuelo levantó los hombros y le hizo un gesto de no saber.
- Abuelo, ¡ustedes si que saben dejarme con la intriga!
-No me quiero poner romántico porque no es mi especialidad, y no te voy a decir más porque quizás, los de la abuela sean los únicos que llegarás a conocer así, pero tengo una leve sensación… que alguien vendrá y verás en sus ojos reflejados tu mismísima inmensidad. Y esos ojos, mi querida, verán su reflejo y entre los dos, se crearán cuentos que superarán a los de la abuela. Paraísos insospechados. Incapaz de imaginarnos ahora.
-¡Pero abuelo! Pues ya, entre tú y la abuela ¿como no quieres que sea incansable? ¡Mira todo lo que me has dicho! Aparte de los cuentos de la abuela ¿nuevos??? ¿Que no existen?
-Quizás, Cloe, quizás… pero de algo estate segura, nunca dejarás de descubrir porque todo está sin acabar.
-¡Uy! Abuelo, ¡me estás matando! como me dices eso… ¿esto no se acaba nunca?
-Mmm… no lo sé, creo que no, pero si se acaba se acaba lejos, muy, muy lejos…
-Me da vértigo pensarlo
-Pues no lo pienses
Hubo un largo silencio entre los dos, ambos mirando hacia fuera, mientras llovía y las gotas caían deslizándose sobre el cristal.
-Abuelito, tengo que hacerte otra pregunta…
-Ay, ¡dios mío! Cuando me dices abuelito tengo mucho más miedo, ¿Qué?
Cloe rió
-¿Donde están esas líneas de luz que van de lado a lado como dijiste?… yo no veo nada de eso…
-Filamentos del plasma de luz cristalina, bio plasma crístalo-eléctrica
-bueno, como sea, sabes que yo nunca recuerdo tus definiciones científicas, eso, me dijiste que aquí había de esos hilos y yo no los veo.
-¿Hilos? Por dios Cloe, son mucho más que hilos…
-Bueno abuelo, perdón, ¿Dónde están?
-Paciencia, mi querida, poco a poco… ya tienes suficiente para ver, ya los verás a su tiempo -y cambiando de tema le dijo -si quieres conocer las ciudades que hay fuera de aquí, yo te ayudaré. Pues vas a necesitar algunas cosas para llevarte.
-No me llenes de cosas abuelo ¿eh? Quisiera ir livianita.
-Estoy trabajando en ello… cambiaré tus botas pesadas por unas hechas con una especie de neopren, y si quieres te haré solamente dos cambios de ropa, equipos que puedas desmontar. Sacar y poner según las circunstancias. Será ropa funcional, para la montaña o el mar, para cabalgar o ir a bailar. Sabes que los detalles son mi debilidad, asique le pondré bolsillos para que guardes tijeras o marcadores, puntillas para seguir conservando la femeneidad y diferentes botones de tamaños y colores.
-Como tu digas abuelo, sabes que ese no es mi departamento –le dijo Cloe divertida – y también tendrás que tener en cuenta que no iré sola -le dijo con toda seguridad.
-No no, cloe, eso si que no, de verdad yo estoy bien aquí.
Cloe se rió
-No, abuelo, tu no. Iré con los niños.
-¿Qué? ¿Te has vuelto loca Cloe? ¿Vas a recorrer el mundo con todos ellos? Eso si que no es inteligente. Por favor, Cloe, será muy incomodo.
-No, con todos no, algunos irán a un lugar, y vuelvo en busca de otros que irán a otro nuevo. ¿Qué te parece?
-Bueno, eso me parece más coherente.
-Habrá mucho por descubrir, mucho que develar… necesitaré ayuda.
El abuelo no solo le preparó el equipo de lupas, walkytalkies, y ropa adecuada para ella y los niños, sino que en el árbol de manzanas rojas construyó lo que el llamaría la oficina de servicios estratégicos. Un estudio taller atelier donde instaló el gran computador solar, entre otras cosas. Así podría comunicarse con su nieta por si necesitara ayuda de alguna índole y para que ella y los niños usaran de base. Antes de irse le enseñó como mandar cartas y postales y todo lo necesario para la supervivencia que el creía necesaria.
-Estate atenta, porque tu lo que tienes de valiente, lo tienes de inocente y realmente en este lugar hay de todo.
Construí algo para ti que te gustará, te servirá para que cuando vuelvas, nos muestres a los que no fuimos, todos aquellos lugares.
-¡Una cajita negra que recolecta instantes! –dijo Cloe entusiasmada.
-Una cámara fotográfica, Cloe, aparte esta es mucho más moderna –dijo el abuelo corrigiéndola – si no tienes tiempo de escribir, con ella cuentas imágenes con la ayuda de la luz. El abuelo me contó que era la hermana del arma.
- ¿Pero que? ¿Acaso aquí son todos hermanos?
El abuelo rió.
-¿Porqué son hermanas? ¿Que, cuando disparas matas al instante para guardarlo aquí dentro?
-No mi querida, lo conservas y luego lo compartes. Demuestra que te detuviste interesado por aquello que pasó por allí. Al contrario que el arma, que al no interesarte, disparas, haciendo desaparecer esa imagen para siempre.
Pero esa hermana está pasada de moda, ahora llega la otra para quedarse.
Cloe quedó pensativa y el abuelo siguió:
-Recuerda siempre: tu visión, mi querida, es tu verdadera arma y aliada. Te abrirá el camino. Transformará tu alrededor y el alrededor te transformará a ti, asi que ten cuidado. Úsala con elegancia.
La tía no se quedó atrás, le dio frutos secos para que tengan energía, árnica para el cuerpo y lavanda para la calma y mirando a Santiago le dijo:
-Si, y solo con eso no hace nada, que no se crea guía de ninguna tropa, tendrá la visión de su abuelo pero que no olvidé la ternura de su abuela. Si no se volverá preocupada y dejará algún niño por el mundo. Entre la visión y la ternura, la naturaleza no podrá contenerse y saldrá de su encantamiento. Se abrirá ante ti haciendo una reverencia, y te contará todos sus secretos.
Rebecca acarició la cara de su sobrina nieta y le dijo:
- Disfrútalo Cloe.
Santiago quedó callado y un poco avergonzado, sabía que aún tenía mucho que aprender de su hermana. Y que volverse un poco romántico no le iba a hacer mal.
En agradecimiento Cloe prometió traer a Rebecca exóticas frutas, y extrañas especias. Y al abuelo telas y botones de diferentes lugares para su colección.
-No hace falta que prometas -dijo el abuelo guiñándole el ojo a su hermana.
Y fue así como Cloe recorrió el mundo junto a un grupo de niños exploradores, que se hacía llamar los guardianes de la tierra. Viajando por el presente, el pasado y el futuro, descubriendo y develando misterios, viviendo las historias que su abuela le había contado y escribiendo aquellas que aún en ese momento no existían.
“Había una vez una tierra mágica en un recóndito lugar donde todo era posible, todas las posibilidades latían esperando ser realizadas. Un reino, donde había reyes, reinas, príncipes y princesas, personajes extraños de cuentos, almacenes y alquimistas. Flautistas, músicos y diversos artistas. Colores y amores, calor y frío, bosques encantados, grandes árboles y hermosas flores…
Todo, absolutamente todo lo que uno fuera capaz de imaginar”…
***
Cloe viaja a:
Ámsterdam
Venecia
Paris
Londres
Avalon-Glastonbury
Escocia
Dublín
Barcelona
Japón
Tanzania
India
Tíbet
Nepal
Turquía
Irak
Egipto
Indonesia
África
Australia
Canadá
Nueva York
California
México
Cuba
Jamaica
Costa Rica
Perú
Bolivia
Brasil
Chile
Argentina